Hoy me he despertado de madrugada, desvelada por la necesidad de derramar esto que escribo.
Hoy, que ETA ha roto la tregua.
Hoy, que aquellos que se rasgaron las vestiduras con los asesinatos de Sadam Husseim le han ajusticiado públicamente, como si fuese un espectáculo aceptable, como si no fuese igualmente asesinato.
Hoy que sé, que algunos de los que quiero no han llegado ha cumplir sus sueños….
Hoy, que se me antoja día de esperanzas rotas, me enfrento al espejo y me pregunto cuanto queda en mí de la niña que soñó éxitos y triunfos, me miro y me pregunto si en este madurar, en este adaptarme y evolucionar queda algo de aquella que soñé ser.
Y hoy frente al espejo descubro, que en algún punto del camino, largo y sinuoso, fui dejando atrás sueños, ilusiones, promesas y proyectos, nada queda de aquella niña, que, por otro lado, estaba condenada desde el principio. Quedó en cada recodo del sendero, poquito a poco, sin ruido, en cada desilusión, en cada aprendizaje de los que la realidad impone, en cada paso que di porque no quedaba más remedio. La traicioné por pura supervivencia, porque era necesario y su mirada ingenua, desconocedora de dolor se fue oscureciendo día a día hasta convertirse en otra. No, no queda nada de ella en mí, o tal vez aún estas letras que escribo, guiada por los restos que de ella percibo en mi reflejo ante el espejo.
Me pregunto si me equivoqué, si en algún momento de inflexión no detectado, quizás por la premura del momento, pude dar marcha atrás, pero siento que no, prefiero creer que no, para no sentirme ruin y fracasada.
No hay en mis palabras arrepentimiento, por si a alguien le pudiera parecer, a golpes y sobresaltos, con buenos y malos momentos llegué hasta donde estoy, y esta bien, no hay más, aunque solo sea porque lo hecho, hecho está. Pero hoy, tal vez porque es navidad, o porque estoy sentimental, tal vez porque en el espejo he visto de nuevo los ojos de aquella niña pienso cómo y qué podríamos hacer para que la mirada de los niños, inmaculada, perviva.